
Cuadro de: Camille Pissarro "La calle Saint- Honoré" Efecto Lluvia.
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LANCE INESPERADO
.Héctor abrió los ojos y miró el reloj. Casi le da un espasmo. Eran las 8 y el despertador no había sonado. Dio un salto de la cama y se fue directo al cuarto de baño. Se quitó la camiseta, y dejó caer en el suelo el pantalón del pijama, abrió el grifo del agua y se metió en la ducha. ¡Joder que fría está! Pensaba. Al coger la botella de gel con su mano, se le resbaló y fue a parar a su pie. ¡Ay, que golpe, coño! La cogió y en dos minutos se enjabonó y se enjuagó. Tomó la toalla y frotándose salió presuroso hacia la habitación; sacó la ropa interior de la mesita de noche, descolgó la ropa del perchero y mientras se vestía pensaba que no tenía que haberse acostado tan tarde hablando con María.
―Ese ascenso te lo mereces, le había dicho ella, contenta al enterarse de su posible ascenso.
Después de vestirse se volvió al cuarto de baño a peinarse murmurando entre dientes: ¡Precisamente hoy, precisamente hoy que quiere el jefe hablar conmigo a las 9 de la mañana!
Lo de desayunar hoy era todo un lujo al que no podría acceder, así es que cogió la cartera y miró encima del mueble del recibidor buscando las llaves, pero… ¿Dónde diablos están las llaves? Pensó llevándose la mano a la cabeza. Suspiró. Pensemos, balbuceaba nervioso. ¡Joder! Esto me pasa solamente a mí. Aligeró el paso hasta el dormitorio y asió la chaqueta que reposaba sobre la banqueta desde el día anterior. Allí estaban perdidas en un bolsillo. Menos mal, resoplaba Héctor, saliendo por la puerta y dejando atrás una estela de celeridad.
Bajó las escaleras de dos en dos y al llegar al patio se cruzó con la vecina del segundo. ¡No por Dios, ahora no! Pensaba mientras dejaba un “buenos días” anclado en el aire y a la mujer sorprendida con la palabra en la boca.
En la calle, la gente presurosa iba de un lado para otro. Miró el reloj y faltaban diez minutos para entrar al trabajo. La lluvia traía un viento frío que helaba hasta el silencio. Se subió el cuello de la chaqueta y dejó su mano apoyada bajo su barbilla. ¡Dios mío! ¿Cómo puede tardar tanto el semáforo en cambiar de color? Llevaba los pies empapados y los zapatos le habían cambiado hasta de color. Cruzó la calle encaminándose hasta el coche andando entre los charcos. Llegó y al ir a abrir el coche se le acercó un joven mojado hasta los huesos y le preguntó:
― ¿Ha averiguado ya algo?
Héctor lo miró sorprendido. Se encogió de hombros, y bajando la vista a la cerradura le dijo:
― Joven creo que me debes de haber confundido con alguien.
―No, no me confundo de persona. Contestó el joven con voz serena y mirándolo de arriba abajo, como calibrando la situación.
Héctor se atrevió a mirarlo fijamente a la cara y se disculpó. Lo menos que podía esperar en ese momento es que tuviera que desembarazarse de un loco.
―Lo siento, llego tarde a mi trabajo y no puedo perder tiempo.
Entró en el coche y cerró la puerta. Estaba nervioso y empapado. Arrancó el coche…
Por el retrovisor pudo ver la cara perpleja del muchacho musitando alguna palabrería que ya no podía escuchar.
― ¡Joder, por qué me pasan estas cosas a mí!
Metió la llave y le dio al contacto y exasperado como estaba no se dio cuenta que el freno de mano seguía puesto hasta que, el coche empezó a pitar con un sonido estridente.
― !Coño, el freno! Lo bajó y enfiló la avenida de San Marcos hasta llegar a la calle Pedro Infante, donde aparcó en la misma esquina confiando en que la policía no pasara por allí. A la hora de su almuerzo pensó que lo aparcaría mejor.
Al bajar del coche, ya había dejado de llover. Héctor se sentía extenuado, demasiado estresado para ser las 9 de la mañana. Entró en el despacho que aún parecía dormitar y colgó la chaqueta que mantenía el aspecto de un trapo arrugado y mojado. Tragó saliva y con la cartera en la mano se dirigió a ver al jefe. Al llegar a la puerta y tras haber saludado a un par de compañeros, llamó con los nudillos.
―Adelante. ―Se escuchó detrás de la puerta.
Héctor entró nervioso y al pasar al lado del paragüero, le dio un golpe con la cartera.
―Huy, perdón. Buenos días señor Lozano. ―Dijo un poco embarazoso y con una sonrisa generosa.
―Siéntese, siéntese Héctor. No tengo mucho tiempo. Y continuó… Ya sabe Héctor que estamos contentos con la trayectoria de su trabajo y que confiamos en usted plenamente pero, siento decirle que la dirección ha tomado la decisión de reducir el veinte por ciento del personal de la plantilla. Ya sabe usted, los tiempos corren difíciles…
Sonó el móvil.
¡Joder, cógelo Héctor! Pensaba María esperando contestación.
―Ese ascenso te lo mereces, le había dicho ella, contenta al enterarse de su posible ascenso.
Después de vestirse se volvió al cuarto de baño a peinarse murmurando entre dientes: ¡Precisamente hoy, precisamente hoy que quiere el jefe hablar conmigo a las 9 de la mañana!
Lo de desayunar hoy era todo un lujo al que no podría acceder, así es que cogió la cartera y miró encima del mueble del recibidor buscando las llaves, pero… ¿Dónde diablos están las llaves? Pensó llevándose la mano a la cabeza. Suspiró. Pensemos, balbuceaba nervioso. ¡Joder! Esto me pasa solamente a mí. Aligeró el paso hasta el dormitorio y asió la chaqueta que reposaba sobre la banqueta desde el día anterior. Allí estaban perdidas en un bolsillo. Menos mal, resoplaba Héctor, saliendo por la puerta y dejando atrás una estela de celeridad.
Bajó las escaleras de dos en dos y al llegar al patio se cruzó con la vecina del segundo. ¡No por Dios, ahora no! Pensaba mientras dejaba un “buenos días” anclado en el aire y a la mujer sorprendida con la palabra en la boca.
En la calle, la gente presurosa iba de un lado para otro. Miró el reloj y faltaban diez minutos para entrar al trabajo. La lluvia traía un viento frío que helaba hasta el silencio. Se subió el cuello de la chaqueta y dejó su mano apoyada bajo su barbilla. ¡Dios mío! ¿Cómo puede tardar tanto el semáforo en cambiar de color? Llevaba los pies empapados y los zapatos le habían cambiado hasta de color. Cruzó la calle encaminándose hasta el coche andando entre los charcos. Llegó y al ir a abrir el coche se le acercó un joven mojado hasta los huesos y le preguntó:
― ¿Ha averiguado ya algo?
Héctor lo miró sorprendido. Se encogió de hombros, y bajando la vista a la cerradura le dijo:
― Joven creo que me debes de haber confundido con alguien.
―No, no me confundo de persona. Contestó el joven con voz serena y mirándolo de arriba abajo, como calibrando la situación.
Héctor se atrevió a mirarlo fijamente a la cara y se disculpó. Lo menos que podía esperar en ese momento es que tuviera que desembarazarse de un loco.
―Lo siento, llego tarde a mi trabajo y no puedo perder tiempo.
Entró en el coche y cerró la puerta. Estaba nervioso y empapado. Arrancó el coche…
Por el retrovisor pudo ver la cara perpleja del muchacho musitando alguna palabrería que ya no podía escuchar.
― ¡Joder, por qué me pasan estas cosas a mí!
Metió la llave y le dio al contacto y exasperado como estaba no se dio cuenta que el freno de mano seguía puesto hasta que, el coche empezó a pitar con un sonido estridente.
― !Coño, el freno! Lo bajó y enfiló la avenida de San Marcos hasta llegar a la calle Pedro Infante, donde aparcó en la misma esquina confiando en que la policía no pasara por allí. A la hora de su almuerzo pensó que lo aparcaría mejor.
Al bajar del coche, ya había dejado de llover. Héctor se sentía extenuado, demasiado estresado para ser las 9 de la mañana. Entró en el despacho que aún parecía dormitar y colgó la chaqueta que mantenía el aspecto de un trapo arrugado y mojado. Tragó saliva y con la cartera en la mano se dirigió a ver al jefe. Al llegar a la puerta y tras haber saludado a un par de compañeros, llamó con los nudillos.
―Adelante. ―Se escuchó detrás de la puerta.
Héctor entró nervioso y al pasar al lado del paragüero, le dio un golpe con la cartera.
―Huy, perdón. Buenos días señor Lozano. ―Dijo un poco embarazoso y con una sonrisa generosa.
―Siéntese, siéntese Héctor. No tengo mucho tiempo. Y continuó… Ya sabe Héctor que estamos contentos con la trayectoria de su trabajo y que confiamos en usted plenamente pero, siento decirle que la dirección ha tomado la decisión de reducir el veinte por ciento del personal de la plantilla. Ya sabe usted, los tiempos corren difíciles…
Sonó el móvil.
¡Joder, cógelo Héctor! Pensaba María esperando contestación.
No obtuvo respuesta, y segundos más tarde, la línea se cortó.
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